Valeria y Jorge Ignacio

2019-05-27

El alcohol hizo que Valeria se pusiera nostálgica. Mierda, hace cuatro años ya. Cuatro malditos años. ¿No se suponía que eso era tiempo suficiente para superar a alguien? Al parecer no, porque a pesar del descontrol que le ocasionaba la bebida, hasta el punto de ni acordarse de quién era, a él lo tenía bien claro en la mente. Lo único que sabía con certeza, incluso en su estado más asqueroso de borrachera, era él. Él, él, él y…oh, él. Jorge Ignacio. Tenía que escribirle. Pero… ¿qué le pongo? Hace meses que no hablamos. ¿Qué va a pensar? Que soy una loca, inestable, problemática…aunque eso ya lo piensa, así que no pierdo nada llamándolo para que venga. Lo peor que puede pensar sobre mí, ya lo piensa.

Valeria saca con dificultad el celular de su cartera. Entrecierra los ojos cuando la pantalla le brilla en la cara. J.I Noiret. Call.

En cualquier restaurante de La Galente, un lugar demasiado bohemio para el gusto de Jorge Ignacio, suena una canción de Alejandro Sanz que el muchacho no supo identificar. Para su sorpresa, se la sabe. Mira el celular y la ironía del momento le hace sonreír. Sanz, el cantante de Valeria. Ella llamándolo mientras lo ponen en el restaurante. ¿Será tan loca…? La buscó con la mirada entre el mar de gente. Ni rastro de ella. Uff, menos mal. 

“Aló?” Contesta, como el que no sabe quién es.
“Ven”
“¿Val? ¿Dónde tú estás?”
“Estoy en Tribeca. Jorge Ignacio, ven.”

Jorge Ignacio se queda callado. El castaño se encuentra celebrando San Valentín con su hermana y una amiga de ella en un restaurante que no le gusta en lo más mínimo. Demasiado hípster, muy pretencioso, mucha gente que finge ser diferente. Y esa compañía, si bien le tiene cariño, le resulta de lo más extenuante después de un tiempo. Odia salir con su hermana y la amiga, que en ocasiones (casi todo el tiempo) le parecen la misma persona. Hasta pidieron lo mismo…bárbaras. Jorge Ignacio se disculpa, sintiéndose aliviado de por fin encontrar una excusa para salir de allí, y agradecido con Vale por proporcionársela. Mil gracias, tonta.

“Hasta que apareces, perdida. Pensaba que estabas enojada conmigo”
“Lo estoy. No me lo recuerdes. No me hables de eso. Solo ven”

Esa maldita incertidumbre que le invade cada vez que habla con ella, puntual como siempre, aparece. Maldita Valeria. ¿Por qué se le hace tan difícil decirle que no? Qué sencillo fuera todo si ella no fuera tan…ay, qué se yo. Si ella no fuera tan Valeria.

“Valeria María…”

En Tribeca, una morena de piernas largas pone los ojos en blanco mientras habla por el celular. Valeria no sabe que la miran, que le pasan por el frente para llamar su atención, que ni se molestan en disimular que la desnudan con la mirada. No tiene ni puta idea. Lo único que le preocupa en esos momentos es que Jorge Ignacio la llamó por su nombre completo, cosa que solo hace cuando está enojado o pretende ponerse serio. Valeria nunca se ha decidido si le gusta cuando Jorge Ignacio la llama Valeria María. 

No quiere insistirle, pues siempre lo hace. Pero diablos, le tiene unas ganas. Y es San Valentín, el día de ambos. “Nuestro día.” Sería tan simbólico, un tributo al pasado, y una despedida digna a lo que sea que tuvieran ahora, que está casi casi por terminar.

“Cuéntame…”
“Yo espero que no estés borracha…”
“No lo estoy.”
“Mañana tengo que trabajar…”

La verdad es que quiere verla. Muchísimo, pero eso desde luego Valeria no tiene que saberlo. Por otro lado, él sí que quiere saber qué tanto ella quiere verlo.

“Será solo un rato. Yo también tengo que irme dentro de poco…”
“Qué raro que llamaste. Siempre me sueles escribir uno de tus discursos para persuadirme”
“Ya tú puedes ver…no estoy para perder el tiempo. Si te escribo, te doy el chance de que me digas que no”

Jorge Ignacio se ríe. Es probable que lo hubiera hecho, Valeria lo conoce muy bien. Le hubiera respondido que no para que ella siguiera dándole mente, rogándole, presentándole esos argumentos tan creativos de porqué él tiene que ir a verla. Le divierte la mente colorida de Valeria. Eso sí, todo eso para él volver a decirle que no...pero al final se le aparece, como siempre hace, y donde sea que esté. Los juegos que tienen ellos.

“No estás enojada conmigo?”

Valeria se irrita. Se pasa la mano por la larga melena ondulada y suspira exasperada. El tipo que lleva más rato mirándola, el de ojos verdes y corte caliente, se muerde los labios a la vez que se acerca el cigarrillo. Abusadora, piensa.

"Sabes que nunca podría estar enojada contigo. Es contradictorio, pero esa es una de las razones por las que no te soporto. Soy débil contigo, idiota."

Jorge Ignacio traga y ahora, no encuentra qué decir. Sabe que no la merece, y ella tampoco se merece esto. Se ríe con nerviosismo, es lo único que le sale. Él nunca ha sido muy bueno expresando sus verdaderos sentimientos. Cuando hay que fingir, puede emular la más sincera de las sonrisas y el más genuino "te amo" con una facilidad que a él mismo le asusta, pero cuando lo siente de verdad, simplemente no va a salirle.

Es por eso que la mayoría del tiempo no sabe cómo se siente. Jorge Ignacio es lo suficientemente orgulloso como para que le de un infinito trabajo cambiar de opinión; si hay algo que odie más que la gente que le lleva la contraria, es cuando se contradice a sí mismo. Siempre ha sido así, desde que era un niño, y es por ello que su vida emocional es un desastre. La mayoría de sus conductas tóxicas son producto de su terquedad. Nunca admitiría que se equivocó, mucho menos a él mismo.

"Estoy allá en cinco. Te llamo cuando llegue."-y cuelga.

Valeria se guarda el celular en la cartera. El chico de los ojos verdes finalmente se decide, y mientras ella cierra los ojos y se deja llevar por la música, se le acerca por atrás y le pone las manos en la cintura.

(((INCOMPLETO)))







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