parte de un cuento.

2019-05-09

Zoe llegó a Koblenz más rápido de lo que esperaba. Apenas había comenzado a dormirse cuando el tren se detuvo en su destino. ¿Cómo era posible? Miró su reloj con incredulidad, y el desconcierto creció cuando confirmó que eran las cinco de la tarde. No se explicaba la celeridad con la que había pasado el tiempo. No muy convencida, su confusión la atribuyó al periodo de duermevela que pasó durante todo el viaje. Eso...se decía, eso tuvo que haberme desorientado. Lógicamente.

Todavía con la cabeza dándole vueltas, Zoe se apresuró a tomar sus equipaje, y medio dormida, bajó del tren. Le sorprendió ver
que en el andén no había muchas personas. Parpadeó dos veces, y ahora sí, sintió que comenzaba a despertar. De hecho, la estación estaba desierta. Zoe se giró lentamente hacia el tren, y mientras lo hacía le iba embargando la más extraña de las sensaciones. El tren también estaba vacío. Si mal no recordaba, eran muchas las personas que viajaban con ella. La familia de pelirrojos que se había sentado a su lado...el chico de los ojos verdes que leía a Borges...la muchacha que lloraba mientras veía por la ventana...Los buscaba con la mirada y no los encontraba.

¿Será que se lo había soñado?

-¡Fräulein Mackenzie! 

Zoe se volvió de repente al escuchar su nombre, y vio que un señor bajito, calvo, y con los ojos más azules que había visto jamás, se le acercaba sosteniendo una pancarta en la que se leía, efectivamente, Fräulein Mackenzie

-Oh, hola, usted debe ser el señor Starz. 
-Si debo serlo, pues creo que lo soy-sonrió, y antes de que ella pudiera contestar, la despojó delicadamente de sus pertenencias: un bolso rojo y una simple maleta-. Sígame, por favor. Su tío tiene toda la semana esperándola. Estará encantado de verla.

Zoe sonrió por ser cortés, y antes de seguir al señor Starz hasta el auto, barrió el andén con la mirada una última vez. El tren no estaba. Se había marchado silenciosamente... si era que realmente hubo un tren allí alguna vez, pensó. No seas ridícula, Zoe, por supuesto que sí, ¿pues cómo había llegado hasta Koblenz, si no?

Esa...esa era una buena pregunta. Sin embargo, no fue hasta mucho después que reconoció que tuvo tal pensamiento...y no fue hasta muchísimo después que encontró la respuesta a su pregunta. Pero, por el momento digamos que, la Zoe de ahora, la recién llegada a Koblenz, estaba casi convencida de que toda su desorientación se correspondía al hecho de que no durmió bien durante todo el trayecto, y que, por ende, quizás lo que soñó lo mezcló con la realidad...pero ni siquiera esta Zoe, tan ajena a su verdadera realidad, compraba del todo esa explicación.

-¿Todo en orden, Fräulein Mackenzie?-preguntó Starz, sacando a la muchacha de su ensimismamiento. Se encontró a sí misma parada en medio de la estación, los ojos de aquel desconocido mirándola...insondables. Ella tuvo que apartar la mirada, sintiéndose de repente intimidada.
-S-sí, claro. Disculpe-se apresuró a alcanzarlo-. Es que todavía sigo medio dormida por el viaje.
-Podrá descansar de camino a casa de su tío-dijo él en tono amable-. Y si gusta, puede tomarse lo que resta del día. Está en los mejores intereses de Herr Mackenzie tenerla bien descansada y espabilada mientras esté en Koblenz.  

Le pareció un comentario de lo más raro, pero no hizo preguntas. El señor Starz le parecía una persona lo bastante peculiar como para decir ese tipo de cosas tan...extravagantes, así que le restó importancia. Y tampoco era que le entusiasmara mucho la idea de entablar conversación con él. Le resultaba extraño, extrañísimo, todo un personaje salido de un libro de Neil Gaiman. No era que le inspirara desconfianza precisamente, pero había algo en él que la inquietaba.

Ambos subieron al auto que los esperaba fuera de la estación. Zoe Mackenzie se acomodó en el asiento de atrás, y una vez el vehículo se puso en marcha, no pudo evitar dormirse profundamente. Soñó con su padre, la comida que le preparaba su madre cuando era pequeña, con Tobías, y justo antes de despertar, con alguien a quien nunca había visto.



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