you were in my dream last night.

2019-07-04

Fue después de muchos meses que comencé a hacerme la idea de que no ibas a volver. La última vez que te vi fue aquella noche, y de eso hace ya tanto tiempo...¿dices que fue hace solo un año? Ah, mira, pues a mí el tiempo me pasó muy lento. De todas formas, la cosa es que, a pesar de no verte más, nada impidió que me pusiera al día con tu vida. Vivimos en una ciudad muy pequeña; sabes qué quiere decir eso, ¿verdad? Todo el mundo tiene los mismos amigos. ¡Era imposible ignorar tu existencia! Superar a alguien en La Galente es horriblemente difícil. Así que, aunque no lo quisiera, yo siempre estuve al tanto de ti. Jorge Ignacio está muy bien, me decían...no sé si para tener conversación o para joderme (con la gente de pueblo nunca se sabe). Que te promovieron en el trabajo, que compraste un carro nuevo, que dejaste de fumar, que estás un chin más gordo...Que tú y Sara...y ahí dejaba de prestar atención. Pero, ¿sabes una cosa? No hace tanto reconocí que se ven bien juntos, y que estás feliz. Lo acepté, finalmente, y traté de echar pa'lante'. Saqué mi licencia, conseguí un trabajo, salí a citas. Organicé mi vida como pude. Ya soy capaz de sacarte de mi mente...¡No me mires así! Es en serio. Puedo durar meses sin pensarte, I swear. Hubo un tiempo en el que incluso creí que me había olvidado por completo de ti, pero es que...al final siempre vuelves. Cuando mis cortas relaciones terminan, en vez de lamentarlas, me acuerdo de ti, Jorge Ignacio. Me acuerdo de ustedes, más bien: de ti y Sara, felices los dos, sin saltar de una relación a otra. Disfrutando de su rutina, estableciéndose cada día más, ahorrando para casarse. Y lloro, lloro tanto. Me deprimo hasta que mis responsabilidades me obligan a salir de mi estancamiento. No es que deje de estar deprimida, sino que, a pesar de mi depresión, resuelvo. Ya llegada a ese punto, simplemente me dejo arrastrar por la cotidianidad de mi vida. ¿Qué más puedo hacer? La meditación me desespera, nunca supe hacer yoga, y salir a correr, si bien me libera, me da miedo hacerlo por mi casa. Me siento a esperar que se me pase. Te lloro, me duermo, y eventualmente, vuelvo a ser normal. 








Valeria y Jorge Ignacio

2019-05-27

El alcohol hizo que Valeria se pusiera nostálgica. Mierda, hace cuatro años ya. Cuatro malditos años. ¿No se suponía que eso era tiempo suficiente para superar a alguien? Al parecer no, porque a pesar del descontrol que le ocasionaba la bebida, hasta el punto de ni acordarse de quién era, a él lo tenía bien claro en la mente. Lo único que sabía con certeza, incluso en su estado más asqueroso de borrachera, era él. Él, él, él y…oh, él. Jorge Ignacio. Tenía que escribirle. Pero… ¿qué le pongo? Hace meses que no hablamos. ¿Qué va a pensar? Que soy una loca, inestable, problemática…aunque eso ya lo piensa, así que no pierdo nada llamándolo para que venga. Lo peor que puede pensar sobre mí, ya lo piensa.

Valeria saca con dificultad el celular de su cartera. Entrecierra los ojos cuando la pantalla le brilla en la cara. J.I Noiret. Call.

En cualquier restaurante de La Galente, un lugar demasiado bohemio para el gusto de Jorge Ignacio, suena una canción de Alejandro Sanz que el muchacho no supo identificar. Para su sorpresa, se la sabe. Mira el celular y la ironía del momento le hace sonreír. Sanz, el cantante de Valeria. Ella llamándolo mientras lo ponen en el restaurante. ¿Será tan loca…? La buscó con la mirada entre el mar de gente. Ni rastro de ella. Uff, menos mal. 

“Aló?” Contesta, como el que no sabe quién es.
“Ven”
“¿Val? ¿Dónde tú estás?”
“Estoy en Tribeca. Jorge Ignacio, ven.”

Jorge Ignacio se queda callado. El castaño se encuentra celebrando San Valentín con su hermana y una amiga de ella en un restaurante que no le gusta en lo más mínimo. Demasiado hípster, muy pretencioso, mucha gente que finge ser diferente. Y esa compañía, si bien le tiene cariño, le resulta de lo más extenuante después de un tiempo. Odia salir con su hermana y la amiga, que en ocasiones (casi todo el tiempo) le parecen la misma persona. Hasta pidieron lo mismo…bárbaras. Jorge Ignacio se disculpa, sintiéndose aliviado de por fin encontrar una excusa para salir de allí, y agradecido con Vale por proporcionársela. Mil gracias, tonta.

“Hasta que apareces, perdida. Pensaba que estabas enojada conmigo”
“Lo estoy. No me lo recuerdes. No me hables de eso. Solo ven”

Esa maldita incertidumbre que le invade cada vez que habla con ella, puntual como siempre, aparece. Maldita Valeria. ¿Por qué se le hace tan difícil decirle que no? Qué sencillo fuera todo si ella no fuera tan…ay, qué se yo. Si ella no fuera tan Valeria.

“Valeria María…”

En Tribeca, una morena de piernas largas pone los ojos en blanco mientras habla por el celular. Valeria no sabe que la miran, que le pasan por el frente para llamar su atención, que ni se molestan en disimular que la desnudan con la mirada. No tiene ni puta idea. Lo único que le preocupa en esos momentos es que Jorge Ignacio la llamó por su nombre completo, cosa que solo hace cuando está enojado o pretende ponerse serio. Valeria nunca se ha decidido si le gusta cuando Jorge Ignacio la llama Valeria María. 

No quiere insistirle, pues siempre lo hace. Pero diablos, le tiene unas ganas. Y es San Valentín, el día de ambos. “Nuestro día.” Sería tan simbólico, un tributo al pasado, y una despedida digna a lo que sea que tuvieran ahora, que está casi casi por terminar.

“Cuéntame…”
“Yo espero que no estés borracha…”
“No lo estoy.”
“Mañana tengo que trabajar…”

La verdad es que quiere verla. Muchísimo, pero eso desde luego Valeria no tiene que saberlo. Por otro lado, él sí que quiere saber qué tanto ella quiere verlo.

“Será solo un rato. Yo también tengo que irme dentro de poco…”
“Qué raro que llamaste. Siempre me sueles escribir uno de tus discursos para persuadirme”
“Ya tú puedes ver…no estoy para perder el tiempo. Si te escribo, te doy el chance de que me digas que no”

Jorge Ignacio se ríe. Es probable que lo hubiera hecho, Valeria lo conoce muy bien. Le hubiera respondido que no para que ella siguiera dándole mente, rogándole, presentándole esos argumentos tan creativos de porqué él tiene que ir a verla. Le divierte la mente colorida de Valeria. Eso sí, todo eso para él volver a decirle que no...pero al final se le aparece, como siempre hace, y donde sea que esté. Los juegos que tienen ellos.

“No estás enojada conmigo?”

Valeria se irrita. Se pasa la mano por la larga melena ondulada y suspira exasperada. El tipo que lleva más rato mirándola, el de ojos verdes y corte caliente, se muerde los labios a la vez que se acerca el cigarrillo. Abusadora, piensa.

"Sabes que nunca podría estar enojada contigo. Es contradictorio, pero esa es una de las razones por las que no te soporto. Soy débil contigo, idiota."

Jorge Ignacio traga y ahora, no encuentra qué decir. Sabe que no la merece, y ella tampoco se merece esto. Se ríe con nerviosismo, es lo único que le sale. Él nunca ha sido muy bueno expresando sus verdaderos sentimientos. Cuando hay que fingir, puede emular la más sincera de las sonrisas y el más genuino "te amo" con una facilidad que a él mismo le asusta, pero cuando lo siente de verdad, simplemente no va a salirle.

Es por eso que la mayoría del tiempo no sabe cómo se siente. Jorge Ignacio es lo suficientemente orgulloso como para que le de un infinito trabajo cambiar de opinión; si hay algo que odie más que la gente que le lleva la contraria, es cuando se contradice a sí mismo. Siempre ha sido así, desde que era un niño, y es por ello que su vida emocional es un desastre. La mayoría de sus conductas tóxicas son producto de su terquedad. Nunca admitiría que se equivocó, mucho menos a él mismo.

"Estoy allá en cinco. Te llamo cuando llegue."-y cuelga.

Valeria se guarda el celular en la cartera. El chico de los ojos verdes finalmente se decide, y mientras ella cierra los ojos y se deja llevar por la música, se le acerca por atrás y le pone las manos en la cintura.

(((INCOMPLETO)))







parte de un cuento.

2019-05-09

Zoe llegó a Koblenz más rápido de lo que esperaba. Apenas había comenzado a dormirse cuando el tren se detuvo en su destino. ¿Cómo era posible? Miró su reloj con incredulidad, y el desconcierto creció cuando confirmó que eran las cinco de la tarde. No se explicaba la celeridad con la que había pasado el tiempo. No muy convencida, su confusión la atribuyó al periodo de duermevela que pasó durante todo el viaje. Eso...se decía, eso tuvo que haberme desorientado. Lógicamente.

Todavía con la cabeza dándole vueltas, Zoe se apresuró a tomar sus equipaje, y medio dormida, bajó del tren. Le sorprendió ver
que en el andén no había muchas personas. Parpadeó dos veces, y ahora sí, sintió que comenzaba a despertar. De hecho, la estación estaba desierta. Zoe se giró lentamente hacia el tren, y mientras lo hacía le iba embargando la más extraña de las sensaciones. El tren también estaba vacío. Si mal no recordaba, eran muchas las personas que viajaban con ella. La familia de pelirrojos que se había sentado a su lado...el chico de los ojos verdes que leía a Borges...la muchacha que lloraba mientras veía por la ventana...Los buscaba con la mirada y no los encontraba.

¿Será que se lo había soñado?

-¡Fräulein Mackenzie! 

Zoe se volvió de repente al escuchar su nombre, y vio que un señor bajito, calvo, y con los ojos más azules que había visto jamás, se le acercaba sosteniendo una pancarta en la que se leía, efectivamente, Fräulein Mackenzie

-Oh, hola, usted debe ser el señor Starz. 
-Si debo serlo, pues creo que lo soy-sonrió, y antes de que ella pudiera contestar, la despojó delicadamente de sus pertenencias: un bolso rojo y una simple maleta-. Sígame, por favor. Su tío tiene toda la semana esperándola. Estará encantado de verla.

Zoe sonrió por ser cortés, y antes de seguir al señor Starz hasta el auto, barrió el andén con la mirada una última vez. El tren no estaba. Se había marchado silenciosamente... si era que realmente hubo un tren allí alguna vez, pensó. No seas ridícula, Zoe, por supuesto que sí, ¿pues cómo había llegado hasta Koblenz, si no?

Esa...esa era una buena pregunta. Sin embargo, no fue hasta mucho después que reconoció que tuvo tal pensamiento...y no fue hasta muchísimo después que encontró la respuesta a su pregunta. Pero, por el momento digamos que, la Zoe de ahora, la recién llegada a Koblenz, estaba casi convencida de que toda su desorientación se correspondía al hecho de que no durmió bien durante todo el trayecto, y que, por ende, quizás lo que soñó lo mezcló con la realidad...pero ni siquiera esta Zoe, tan ajena a su verdadera realidad, compraba del todo esa explicación.

-¿Todo en orden, Fräulein Mackenzie?-preguntó Starz, sacando a la muchacha de su ensimismamiento. Se encontró a sí misma parada en medio de la estación, los ojos de aquel desconocido mirándola...insondables. Ella tuvo que apartar la mirada, sintiéndose de repente intimidada.
-S-sí, claro. Disculpe-se apresuró a alcanzarlo-. Es que todavía sigo medio dormida por el viaje.
-Podrá descansar de camino a casa de su tío-dijo él en tono amable-. Y si gusta, puede tomarse lo que resta del día. Está en los mejores intereses de Herr Mackenzie tenerla bien descansada y espabilada mientras esté en Koblenz.  

Le pareció un comentario de lo más raro, pero no hizo preguntas. El señor Starz le parecía una persona lo bastante peculiar como para decir ese tipo de cosas tan...extravagantes, así que le restó importancia. Y tampoco era que le entusiasmara mucho la idea de entablar conversación con él. Le resultaba extraño, extrañísimo, todo un personaje salido de un libro de Neil Gaiman. No era que le inspirara desconfianza precisamente, pero había algo en él que la inquietaba.

Ambos subieron al auto que los esperaba fuera de la estación. Zoe Mackenzie se acomodó en el asiento de atrás, y una vez el vehículo se puso en marcha, no pudo evitar dormirse profundamente. Soñó con su padre, la comida que le preparaba su madre cuando era pequeña, con Tobías, y justo antes de despertar, con alguien a quien nunca había visto.



but sometimes, we have to let it go

2018-10-14

Trato de desaprender lo mejor que puedo, pero ¿cómo deshacerme de todas las cosas que forman parte del limitado espectro de lo que conozco? Y lo peor de todo es que, ni siquiera las conozco tan bien. Pues, ¿qué sé yo, de todas formas?

Lo que me gusta lo conozco a medias, y lo que no, en verdad ni siquiera sé por qué no me gusta. Mi agotamiento emocional devino en fatiga intelectual, y todas las cosas que alguna vez amé, ya me dan igual y me he desentendido de ellas. De todo lo que he odiado también. Lo que me gustaba y lo que no convive en un mismo plano. Y es que, ¿cómo elegir entre lo que odio, que es lo que hago, y lo que amo, que es lo que podría hacer? Le he dado tantas vueltas que me he mareado. Mejor optar por sentarse.

A veces he sentido que puedo reencontrarme, reconciliar la que he sido con la que soy...otras, no tanto. Se me va el interés de hacerlo, y me seduce más la idea de perderme en la desgana. Ya es demasiado tarde, o será que apenas estoy comenzando.

Bueno, qué se yo, de todas formas.

"And so it is, just like you said it should be..."

2018-08-27

Estamos más que acabados, Jesse. Lo sabía desde hacía mucho, y estoy segura de que tú también, pues te conozco demasiado bien. Miradas que ya no pueden encontrarse, respuestas cortantes a preguntas condescendientes, la distancia calculada en la cama y el sexo insípido que teníamos solo para cumplir. ¿En qué estábamos pensando cuando decidimos entrar nuevamente a nuestras vidas? ¿En qué estaba pensando?

Sigues sin mirarme, estás callado. Es como si pensaras en muchas cosas al mismo tiempo, en otras personas. ¿Y sabes qué? Cuando estamos en la cama, tengo la misma sensación. Levantas la cabeza y ahora sí, me miras, entrecerrando los ojos, como advirtiéndome que tenga cuidado con lo que voy a decir, pero lo digo de todas formas, ya que, da igual, esto no se puede poner peor.

-¿Qué me querés decir, Martina?

Apenas tratas de sonar como que realmente no sabes de qué estoy hablando, pero no te sale. El agotamiento emocional ya ni nos permite disimular bien. No nos molestamos en intentar de hacernos el menor daño posible. Estamos acostados el uno al lado del otro, cansados, no debido al sexo mediocre, sino de nosotros mismos. 

-Que si esto va a seguir así, será mejor que compremos una cama más grande. Ya sabes, para que podamos caber todos. 

Tragas, me miras largamente, y no lo niegas. Cierro los ojos con fuerza y deseo desaparecer, que desaparezcas, pero me arrepiento en el momento que siento que la cama se pone más ligera. Te escucho recoger tus cosas, y no te detengo como la primera vez, aunque ahora me duela más. 

-Este era el momento que estabas esperando, ¿eh? Querías que te liberara, en vez de irte por tu propia cuenta. Qué manera tan cínica de intentar tener la conciencia limpia. 

-...

-¿Por qué volviste? ¿Querías asegurarte de que seguía sintiendo algo por ti, a pesar de tú nunca sentiste nada?

Te mueves con más velocidad. Ya no doblas tu ropa, simplemente la arrojas en la maleta. Es como si quisieras intimidarme, hacer evidente que tienes urgencia de irte, para que yo te detenga. Y te jode que en vez de rogar que te quedes, observe tranquilamente cómo te marchas.

-¿Te pidió ella que regresaras conmigo? 

-¿Tanto te cuesta creer que vine porque, realmente, quiero estar vos? ¿Tan baja tenés la autoestima, Martina? Vine porque te quiero...y ahora me largo porque obviamente vos no me querés aquí.

-Me quieres, pero no me amas. Te vas porque la amas a ella. A mí solo me tienes cariño. Y pena.

-Pero qué decís.

-O sea que, ¿no te vas?

-Me voy. 

-Evidentemente. 

Extraigo un cigarrillo de la caja que descansa sobre la mesa de noche y lo enciendo mientras me sigues presionando con esa celeridad tan dramatizada. No estoy llorando, como aquella vez, ni trato de sabotear tu partida sacando tus cosas de la maleta. Estoy cansada de este maldito estancamiento, y me pregunto por qué carajo no te había confrontado antes. Supongo que se debe al trabajo que nos cuesta abandonar los viejos hábitos. Como sabrás, old habits die hard. Ya estoy esperando a que te vayas, quiero celebrar llorando a solas. 

-¿Es que no podés dejar de fumar aunque sea por un maldito segundo? El cigarrillo va a matarte-dices, a falta de un comentario mejor. Y es que, ¿qué más podemos decirnos? 

-Ya. Qué pena me dan los que no saben de qué se van a morir, entonces.

Tienes todo listo, y ahora estás parado en medio de nuestra habitación gris sin saber qué más hacer. 

-No voy a detenerte. 

-No esperaba que lo hicieras.

-Cuéntame, Jesse. ¿Por qué volviste? 

-Ya te lo he dicho. 

-¿Es buena?

-¿Qué? 

-¿Cómo es ella, que te tiene yendo y viniendo de aquí para allá?

-...

-Responde, maldita sea.

-Pará, Martina. Por favor. No nos hagamos esto.

Me levanto de la cama y camino hacia ti, y con mi mirada busco la tuya, que no quiere dejarse encontrar. Al final reúnes el valor suficiente para enfrentarme, y nos quedamos así un rato. Me acaricias la mejilla con el dorso de la mano, me pasas el pulgar por la boca, me sostienes suavemente el cuello y apoyas tu frente en la mía. You make my knees go weak, y lo sabes, por eso lo haces. Yo podría estar así siempre, podría pedirte que no te fueras nunca y me convencería de que puedo vivir con todos tus fantasmas, pero estaría mintiéndome. Esta presencia tuya, tan ausente, me duele más que ver tu lado de la cama vacío. 

-Decíme que no me vaya, y me quedaré con vos siempre.  

-Vete.

-Dale-susurras-, pero mirame...

-¡Coño, Jesse, lárgate!

(...)
























Algo viejo.




Amy Kilmer está sentada en el escritorio de su habitación, enfrascada en los deberes de la escuela. De fondo, se escucha Complicated Girl de The Bangles, su banda favorita, y la música se entremezcla con el sonido del carbón del lápiz rasgar la hoja, las gotas de lluvia que golpean la ventana, y esclareras abajo, con el sonido de la televisón de la sala de estar. Derek Kilmer mueve un pie al compás de la música, y tararea las letras de la canción sin darse cuenta.

“Hey, you better listen
Cause I’m warning you
Love is never simple
With a complicated girl”

Y es una tarde cualquiera. El cielo londinense está en proceso de transición, y parece un lienzo embarrado de brochazos rosa, azul pastel, y cuatro tonos de amarillo. Amy para de escribir, suspira profundo y se queda ensimismada, mirando por su ventana. En ese mismo momento, cuatro muchachos, todos de su edad, pasan medio corriendo, medio caminando, por el frente de su departamento. Amy, sin advertirlo, se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja cuando repara en Tristan Baskerville, su amor platónico, aunque ella aún sigue negándose en reconocerlo. Al lado de Tristan se encuentran Mandy Daloway, quien una vez fue "algo así como su novia", y la mejor amiga de Mandy, Emma Purnell. Detrás de ellos va Evan Brown, desentonando, como siempre; manos bien metidas en los bolsillos y una expresión como de quien está peleado con la vida. Amy siempre los observa, pues se le antojan...interesantes. Unos imbéciles por excelencia, incluyendo aTristan, pero interesantes, al fin y al cabo. Evan distraídamente alza la vista hacia su ventana y Amy da un respingo. Se pone nerviosa, se pasa la mano una vez más por el pelo y agacha la mirada hacia sus apuntes. Cuando vuelve a reunir el valor para levantar la mirada nuevamente, los chicos ya doblaban la esquina...

((Incompleto))


Para Brown Eyes: you were as deadly as poison, o peor.

2018-08-15

No sé cómo soltarte. Es gritarte que te vayas, sentir que soy capaz de todo, que sí se puede salir de ti con tan sólo proponérselo, pero temblar de miedo al verte parado en el umbral de la puerta, dispuesto a hacerme caso. Es susurrarte con voz temblorosa que esperes, que mentira, bullshit, que un ratico más. Y te devuelves, siempre te devuelves, no sin antes echarme en cara que soy una volátil, la loca, no puedes vivir sin mí. Te metes en mi cama. Estás muerto de la risa, agarrándome los pies y arrastrándome hacia ti. Me abres las piernas, me besas, me tocas. Trato de tocarte pero siempre apartas mis manos. Es como si en el fondo supieras que no mereces que yo te quiera. Yo sigo dejándome tocar, caricias vacías y besos que saben a veneno, but I let you, pues la soledad me sabe peor. Y sale el sol, y te vas, pero no sin antes pedirme que, pretty please, hazme de tu café. Nunca entendí esa obsesión tuya con que siempre te hiciera café. Es el mismo que bebe todo el mundo, el que encuentras en cualquier despensa de cualquier casa, pero que según tú cuando lo hago yo sabe como diferente. Te lo bebes y ahora sí, te vas. Me quedo, sola, confundida, qué hice, qué hago. Tengo que salir de ti. Yo que lo siento todo y tú que no sientes ni un carajo. Me voy a joder, mejor soltar esta mierda. Sí, sí, sí. Te escribo una carta confesando sentimientos inventados que me he creído, la envío y termino algo que no tenemos. Solo para a los dos días arrepentirte, maldita loca, dices parado en mi puerta. La carta estrujada en el bolsillo y tu sonrisa burlona intacta, mientras atraviesas la habitación y lentamente...te vas metiendo...entre mis piernas...

Primavera y pink cherry blossoms.

2018-08-13

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Siempre la lastimaste, aunque nunca fue tu intención. Jamás te diste cuenta de lo mucho que le dolía. Verte con Isabella todos los días, ver lo bien te llevas con ella, que todo el mundo piense que se gustan, o que ella piense que se gustan (no hay mucha diferencia, en verdad) aunque digas que es solo tu mejor amiga. Aunque ella tenga novio, en la cabeza de Victoria, Isabella está enamorada de ti. O cuando vamos al campo, que llevas a Amanda Vallejo a bailar a Colao. ¿Alguna vez te enteraste que Victoria trató de aprender a bailar? No, claro que no.

¿Y qué me dices de Valentina Aimée?

Sonríes cada vez que la piensas.

¿Y cómo no hacerlo?

Es que Valentina…es que Amanda…es que Isabella…

Vamos a ver, Jesse. Vamos a ver.

Hablemos de las relevantes. De tus debilidades.

Isabella Díaz. No, no me mires con esa cara. Sí, sí, Isabella. Acéptalo de una buena vez. La estás mirando con otros ojos. Nunca te habías fijado en sus piernas de modelo hasta hace un tiempo. O en su cara de mujer. Cuando habla, le miras los labios y no los ojos. Ha cambiado. Y fuiste el primero en darse cuenta, antes que todos, antes que ella. Cuando salimos para algún sitio, ya no haces comentarios sobre su aspecto. Porque antes no te importaba, no te hacía nada. Era un comentario a Isabella y ya. Ahora sientes que es más que eso. Reconoces que se ve bien, te sonrojas y te da cosa decirle. Nunca te habías sonrojado con Isabella. Nunca te había dado cosa con ella. Con tu mejor amiga desde… ¿qué? ¿Siempre?
Sí, ya sé que no es muy leída, pero a veces nos sale con unas ocurrencias demasiado ingeniosas como para que vengan de ella. Por eso te ¿gusta? En fin, por esto te “gusta”, porque te sorprende y te hace reír y pensar (lo de pensar, a veces). Y porque es, y ven, que vale la pena repetirlo hasta el cansancio, una preciosidad de muchacha.

…Pero creo que nunca la llegaré a querer...querer de verdad, digo.

¿Y tú qué sabes?

Lo sé.

Está bien, te lo dejo pasar. Seguimos.

…Valentina Aimée.

Ah, mírate otra vez, sonriendo.

Aimée, la Bonita, el ángel. Le dices de tantas formas, y es que Aimée es otra, bella, bella, y tan inteligente que para nosotros resulta insultante. Mucho más inteligente que Isabella, desde luego, y que tú, incluso. Pero no siempre, dices para sentirte mejor contigo mismo. No siempre.

¡Y es que es verdad!

Anja, claro…

Y ahí estás sonriendo otra vez. Pasa cada vez que te la mencionan, que la ves, que la piensas. Aunque La Grande en tu vida no sea ella, sino…

…Victoria.

Victoria.

La Pequeña.

Ella. La niña de tus ojos, por la que haces cosas que hacen que te preguntes qué diablos estás haciendo. A esa, a esa la vas a querer siempre. Aunque estés con otras a quienes quieras indudablemente, otras que te saquen a La Pequeña de la cabeza. Pero tú y yo sabemos de sobra que a esa ni Dios te la saca del corazón.
Te ríes, no porque no sea verdad, sino porque sueno muy cursi. Yo también me río. Pasa cada vez que Victoria es el tema de cualquier conversación.
Estás pensando en Valentina Aimée otra vez. ¿Verdad? Esa muchacha está poniendo Peros en tu cabeza desde que comenzaste a usarla.
Mira, es que Aimée siempre tuvo algo que a la Pequeña le hace falta y que lo hará siempre. Eso que a ti y a ella los hace iguales, pero diferentes a la vez. Como si ella fuera un devastador huracán y tú como un volcán en erupción. Provocan un caos igual; son como desastres naturales que arrasan con todo y que cumplen una función en común…la cosa está en que ustedes dos no están hechos de lo mismo. Son el perfecto opuesto el uno del otro. 

...Y luego se te ocurre.

Entonces, ¿Y si yo soy fuego, y ella agua...qué es Victoria? ¿Quién es su opuesto perfecto?


Nos quedamos mirando, y no tengo que decírtelo para que te des cuenta. Lo sabes, Jesse, siempre lo supiste.